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15 juil. 2009

[C]
¡Qué caprichoso es nuestro niño!
Todo cuanto ve se le antoja,
tiende los brazos y lo pide
y si no se lo damos, llora...
Pero en seguida que lo tiene
ya está deseando otra cosa,
el pájaro, la luna, la mariposa blanca;
todo lo atrae, de todo se enamora...
Todo al mismo tiempo querría poseerlo,
y se pasa gimiendo las más de las horas...
¡Oh, qué niño éste! -suspira la madre-
¡Qué niño tan loco! ¡Nada lo contenta!
Y yo callo y pienso con gesto culpable
¿si será poeta?

Rafael Cansinos Assens

27 nov. 2008

[E]

Estoy ante este paisaje femenino
Como un niño ante el fuego
Sonriendo vagamente con lágrimas en los ojos
Ante este paisaje en que todo me emociona
Donde espejos se empañan donde espejos se limpian
Reflejando dos cuerpos desnudos estación a estación

Tengo tantas razones para perderme
En esta tierra sin caminos bajo este cielo sin horizonte
Hermosas razones que ayer ignoraba
Y que ya nunca olvidaré
Hermosas claves de miradas claves hijas de sí mismas
Ante este paisaje donde la naturaleza es mía

Ante el fuego el primer fuego
Buena razón maestra

Estrella identificada
Y en la tierra y bajo el cielo fuera de mi corazón y en él
Segundo brote primera hoja verde
Que el mar cubre con sus alas
Y el sol al fondo de todo que viene de nosotros

Estoy ante este paisaje femenino
Como rama en el fuego.

"El éxtasis", Paul Eluard, 24 de Noviembre de 1946.
[G]

He querido expresarme.
Toda mi vida he querido expresarme.
No tengo otro destino, otro afán, otra ley.

Fui actos sucesivos
y el olvido que destilaban
los corroía a ellos y a mí.

Sobre los actos fui palabras
y ellas buscaban una lumbre
que no me calentaba a mí.

Palabras y actos juntos
nada son sin el placer del cuerpo.

Ahora regreso de esa vida umbría
buscando siempre calor de mujer.
Palabras y actos sólo allí me expresan.

Tu piel junto a mi piel, eso es el lenguaje.

Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea.

"Mudo que rompe a hablar". Félix Grande, Las rubáiyátas de Horacio Martín.

1 nov. 2008

[B]

preciosas granadas dentro de mi cabeza,
preferiría críar rosas a cultivar lástima por mí mismo,
pero a veces se me empieza a ver el plumero
y tengo visiones de autocaravanas y
putas que se deslizan dentro de gigantescas grietas volcánicas
justo al sur de Santa Bárbara.

supongo que lo que me hace sentir mejor
son los cuerdos de verdad: el madero de la motocicleta
con uniforme limpio que me pone una multa y
se va sobre dos ruedas como un hombre
al que nunca le hubieran picado los cojones.
o el tipo de la Compañía de Gas del Sur de California
con la dentadura postiza mal ajustada
que llama a mi puerta a las 8.15 de la mañana e
ilumina la habitación con su sonrisa de piraña.

sí,
los auténticos milagros son los miles de diminutos
individuos que saben exactamente lo que se hacen.

antes buscaba inspiración en lugares más
elevados
pero cuanto más se sube
como en el caso de Platón o Dios,
menos sitio hay para
estar.

fíjate algún día. vas en coche por
la calle y hay un tipo colgado
de un gato hidráulico
el sudor le cubre la barriga al aire
tiene los ojos entornados mientras su
cuerpo se retuerce y tiembla
pero se aferra como si fuera una verdad irrefutable, y
sonríes y
metes segunda
miras por el retrovisor y piensas,
sí, yo también soy capaz, y enciendes un
cigarrillo con una mano,
pones la radio con la otra
y dejas que la buena vida siga adelante
sin más.

"A veces hasta meter una moneda en un parquímetro es un placer". Charles Bukowski.
[A]
Ven siempre, ven

No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente,
las huellas de unos besos,
ese resplandor que aún de día se siente si te acercas,
ese resplandor contagioso que me queda en las manos,
ese río luminoso en que hundo mis brazos,
en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a una ya dura vida de lucero.

No quiero que vivas en mí como vive la luz,
con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz,
a quien el amor se niega a través del espacio
duro y azul que separa y no une,
donde cada lucero inaccesible
es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.

La soledad destella en el mundo sin amor.
La vida es una vívida corteza,
una rugosa piel inmóvil
donde el hombre no puede encontrar su descanso,
por más que aplique su sueño contra un astro apagado.

Pero tú no te acerques. Tu frente destelleante, carbón encendido que me arrebata a la propia conciencia,
duelo fulgúreo en que de pronto siento la tentación de morir,
de quemarme los labios con tu roce indeleble,
de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.

No te acerques, porque tu beso se prolonga como el choque imposible de las estrellas,
como el espacio que súbitamente se incendia,
éter propagador donde la destrucción de los mundos
es un único corazón que totalmente se abrasa.

Ven, ven, ven como el carbón oscuro que encierra una muerte;
ven como la noche ciega que me acerca su rostro;
ven como los dos labios marcados por el rojo,
por esa línea larga que funde los metales.

Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante
que luces como una órbita que va a morir en mis brazos;
ven como dos ojos o dos profundas soledades,
dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco.

¡Ven, ven muerte, amor; ven pronto, te destruyo;
ven que quiero matar o amar o morir o darte todo;
ven, que ruedas como liviana piedra,
confundida como una luna que me pide mis rayos!

Vicente Aleixandre (La destrucción o el amor, 1933)